El método, parte 1: El primer escalón
El método, parte 1: El primer escalón
«El primer escalón» trata de acercar al niño al habla a través de la comunicación diferida, para que se sienta más seguro y pueda ir conquistando pequeños logros.
Comenzamos…
Identificar el mutismo selectivo, tanto en un niño como en un adulto, es imprescindible para poder realizar un diagnóstico adecuado, poder comenzar con el tratamiento cuanto antes y, como padres, cambiar determinadas conductas nuestras para acompañar al peque en esta etapa. Lamentablemente todavía hay bastante desconocimiento sobre el tema y, en nuestro caso, los tratamientos fueron caros y largos. Por eso, como padres, intentamos, con toda la información que teníamos sobre el mutismo selectivo, utilizar nuestros propios recursos para ayudar a nuestro peque, Gael, en esta etapa de su vida.
Por iniciativa de su papá, Juan Carlos, entró en escena un personaje imaginario, al que Gael acabó bautizando como el Sapo Zen y que se convirtió en un fuerte apoyo para nuestro hijo, especialmente antes de cualquier interacción social que tuviese que hacer, ya fuera presencial o por videollamada.
¿En qué consiste el método del Sapo Zen?
Antes que nada, aclaramos que esto NO sustituye de ninguna manera un tratamiento psicoterapéutico para el mutismo selectivo y otros trastornos de ansiedad. Como hemos dicho anteriormente, no somos ni docentes ni psicólogos ni terapeutas, ni tenemos ninguna formación profesional sobre el tema. Simplemente somos unos padres con muchas ganas de ayudar a su hijo y, si lo que vivimos puede ayudar a otros niños y padres que están pasando por la misma situación, aunque sea con ideas o sugerencias de ejercicios, sería una gran satisfacción para nosotros.
El método del Sapo Zen es un conjunto de muchas cosas que, en su conjunto, fue lo que a nosotros nos sirvió para acompañar a Gael en su camino con el mutismo selectivo. No es una receta ni una garantía: cada niño es un mundo.
El primer escalón…
El primer paso consistió en hacer una primera conexión entre Gael y aquellas personas con las que se bloqueaba. Personas de su entorno escolar con las que compartía varias horas al día e incluso a las que tenía aprecio, pero con las que, aun así, le era imposible comunicarse verbalmente, como tres niños de su clase con los que jugaba y de los que hablaba en casa. Sin embargo, le resultaba imposible utilizar su voz para interactuar con ellos. Esta primera conexión se hizo de manera diferida: empezó con un mensaje escrito y, escalón a escalón, llegó a pequeños videomensajes.
Es decir, se trataba de que Gael hiciera, desde casa, donde se sentía muy cómodo y en un entorno familiar y seguro, un vídeo muy cortito, con alguna pregunta o contando algo que quisiera transmitir. Siempre algo muy breve y esperando respuesta de la otra persona, para que se generara un diálogo, aunque no fuera de forma fluida. Esto no fue una tarea fácil para él, ni de un día para otro. A pesar de que a mucha gente filmarse haciendo una pregunta o diciendo una frase le resulta algo sencillo, para Gael era todo un mundo.
Los primeros vídeos había que grabarlos en varios intentos, ya que su voz era completamente inaudible, apenas abría la boca y ni siquiera salía delante de la cámara. El simple hecho de pensar que le estaba hablando a la persona a la que luego se le iba a enviar el mensaje lo ponía muy nervioso y se bloqueaba nada más pulsar el botón rojo para grabar, hasta el punto de que no los quería hacer, aunque fuese para enviárselos a niños con los que jugaba en la escuela y en los que ya empezaba a confiar. Tampoco quería grabar delante de nosotros, sino que se iba solo a su habitación: buscaba su propio rincón seguro dentro de la propia casa.
No era capaz de generar una conversación espontánea; cada mensaje que hacía lo estudiaba con antelación, lo practicaba y pensaba qué iba a decir o a preguntar. Algo muy sencillo, para que se pudiera iniciar una conversación y hubiera una respuesta del otro lado. Se convirtió en una actividad diaria: cada día tenía que elegir a alguien diferente a quien enviar un mensaje por vídeo, y lo ayudábamos a planear el «guion» y a ensayarlo para que le resultara más natural y se sintiera seguro de sí mismo.
Ahí fue cuando entró en escena este personaje ficticio, el Sapo Zen, que hacía su aparición cada día para fomentar sus logros y estimularlo a dar siempre un pasito más. Se trataba de una especie de entrenador, un sapo muy sabio que venía a ayudarlo. Para ello fue fundamental que fuera el momento idóneo, porque nuestro hijo ya había cumplido sus seis añitos y, con un nivel mayor de maduración, sabía y tenía asumido perfectamente cuál era su dificultad y estaba decidido a aceptar ayuda. El ejercicio que hacíamos con él era el siguiente…
Un rayito de esperanza 🐸
¿En qué ayudaba el Sapo Zen?
Antes de grabar cada vídeo, Gael debía colocarse en el sitio de la casa donde se sintiera más cómodo y relajado. Él siempre elegía su puf, rojo y grande, donde le encanta tirarse a descansar y jugar. Para que apareciera el Sapo Zen debía cerrar los ojos e imaginarlo, visualizarlo. Este personaje era un sapo anciano, muy viejo y muy sabio, como uno de esos viejos maestros de artes marciales de las películas: pequeño, arrugado y tranquilo, pero con una fuerza serena por dentro. La misión principal del Sapo Zen era transformar sus «no puedo» en un rotundo «¡YO PUEDO!». Entonces le decía, por ejemplo: «¿Te acuerdas de cuando pudiste comunicarte con tu amigo el fin de semana pasado?». Y al contestar que sí, el Sapo Zen seguía: «¿Ves? Lo has logrado tú solito y ha sido un gran paso; por eso estoy seguro de que vas a poder hacer esto otro» (y le daba una consigna). «A ver, repite conmigo: ¡YO PUEDO! Yo puedo hacer este vídeo y mandarle un mensaje a esta persona». La idea era que Gael repitiera esta frase varias veces, en voz alta y firme, convencido de que conseguiría su objetivo.
Después, el Sapo Zen le decía que tenía que respirar hondo, inspirando por la nariz y exhalando el aire por la boca, unas tres o cuatro veces. Luego, muy despacio, iba abriendo los ojos y se incorporaba lentamente para grabar su vídeo a la persona que hubiera elegido ese día. Esto evidentemente no fue milagroso, ni de un día para otro. Se necesitó mucha constancia y repetición, día tras día, hasta que nuestro peque se fue soltando cada vez más y pasó de esconderse para grabar un vídeo prácticamente inaudible a hacerlo de una sola vez, con voz fuerte y fluida, con un mensaje espontáneo, y deseando recibir la respuesta de la otra parte.
El mismo procedimiento seguíamos para hacer sus tareas de la escuela. Era la época del confinamiento y sus maestras enviaban tareas semanales, que debía entregar todos los viernes en forma de fotos o vídeos, mostrando cómo las hacía. Con Gael lo hacíamos grabando vídeos, claro está, para que supusiera un esfuerzo y un desafío mayor para él y seguir animando su lenguaje, tanto vocal como corporal. Si bien las primeras veces se le notaba rígido y tenso, con el paso de las semanas fue ganando confianza y desenvolviéndose cada vez con más soltura, hasta llegar incluso a bailar y cantar, cosa que sus maestros no podían creer. Era la primera vez que lo veían expresarse de esa manera y, sobre todo, ¡que escuchaban su voz! Las felicitaciones por su parte no se hacían esperar, y esos ánimos, refuerzos positivos y palabras de aliento lo empoderaban a su vez para los nuevos retos de la semana siguiente.
También tenía reuniones por Zoom con su maestro y otros tres niños de la clase, una vez al mes. Estas reuniones le generaban bastante ansiedad y, a pesar de que intentábamos relajarlo, no conseguía expresarse verbalmente. Se mantenía frente a la cámara del ordenador y mostraba objetos o contestaba con la cabeza o escribiendo en un papel y mostrándolo a la cámara. Aún le resultaba imposible contestar con su voz a las preguntas de su maestro o interactuar con sus compañeros. Todas estas tareas, siempre con ayuda de su amigo el Sapo Zen, que venía a animarlo y motivarlo antes de cada reunión en línea, grabación o mensaje por vídeo.
Preparando el segundo paso…
Con todos estos logros estábamos muy contentos, los tres, pero todavía quedaba mucho camino por recorrer. Nuestro siguiente paso lo hemos llamado «La nueva coraza» y te lo explicamos en detalle en la segunda parte, esperando de todo corazón que hasta aquí hayas podido coger ideas para adaptarlas a tu hijo o hija, ya que nadie lo conoce mejor que tú y eres una de las personas que mejor puede saber qué le podrá funcionar y qué no para acompañarlo en su camino con el mutismo selectivo.
Esto es lo que vivimos en casa con Gael, no una pauta clínica. No sustituye, contradice ni retrasa el acompañamiento de un profesional: si tu hijo ya está con uno, coméntaselo antes de probar nada de esto.