¿Timidez o mutismo selectivo? Lo que tardamos en entender
Juan Carlos Pell · padre, no sanitario
La timidez es un arranque lento que cede con el trato, y lo que le pasaba a mi hijo Gael no cedía: tras nueve meses con la misma maestra no le había dicho una palabra, en casa no había rastro de timidez y, al bloquearse, no estaba incómodo sino asustado. Qué era exactamente nos lo tuvo que decir un profesional.
Te lo cuento como padre, no como experto. Yo no tengo formación sanitaria, y nada de lo que leas aquí sirve para ponerle nombre a lo que le pasa a tu hijo. Sirve para otra cosa, más modesta y que a mí me habría ahorrado años: descartar la explicación con la que nos despachaban a todos.
¿Cuál es la diferencia entre timidez y mutismo selectivo?
Yo fui un niño tímido, y la timidez no tiene nada de malo. Un niño tímido llega el primer día de septiembre, se sienta atrás y contesta con monosílabos. A las pocas semanas contesta bajito si le preguntan, en octubre le habla a la maestra cuando hace falta, y en marzo la maestra te dice en la reunión que al principio le costaba pero que ya está integrado. Va despacio, pero va.
Con Gael no iba. Tenía maestras que le duraban el curso entero, la misma persona, en la misma aula, todas las mañanas, y a ninguna le dijo una sola palabra en todo el curso. Al año siguiente, otra maestra y otras tantas mañanas, y tampoco. Yo hice la cuenta una noche y me quedé helado: no conocía ninguna timidez que aguantara eso. Lo que tenía delante se le parecía por fuera, pero estaba pasando otra cosa.
No es solo una impresión mía. La guía para padres del Child Mind Institute explica que muchos niños con mutismo selectivo suelen portarse bien en clase y que por eso su silencio «se puede malinterpretar como timidez», y que a veces a los padres se les dice que esa timidez ya pasará, lo que les desanima a buscar ayuda. Leerlo me dolió, porque era nuestra historia contada por otros.
¿Un niño tímido acaba hablando con quien ve cada día?
Esa fue, para mí, la pregunta que lo ordenaba todo. La timidez necesita tiempo y confianza, y cuando los tiene, se deshace. Lo de Gael, con el tiempo, iba a peor: cada mañana callado hacía la siguiente un poco más difícil. Una cosa se deshace con los meses y la otra se hace más fuerte, y me costaba creer que lo que va en direcciones opuestas fuera lo mismo en distinta cantidad.
Y había un detalle que me volvía loco. Con su abuela hablaba sin parar, incluso por teléfono, y la veía muchísimo menos que a su maestra. Si todo fuera cuestión de coger confianza, la maestra habría entrado hacía mucho en la lista de personas con las que hablaba. No entró nunca.
¿Por qué en casa no parece tímido?
Porque no lo era. Un niño tímido lo es también en su salón, aunque se le note menos: se pone colorado cuando le cantan el cumpleaños, no le gusta que lo miren mientras abre los regalos. Gael en casa era un terremoto. Se despertaba hablando, contaba historias de Hulk durante cuarenta minutos sin respirar, discutía, negociaba, y a veces teníamos que pedirle que parara un momento. Eso no era un tímido al que en casa se le notaba menos. Era lo contrario de un tímido.
Lo que tenía Gael era como un interruptor. Salía del colegio a las cuatro y media, y si nos íbamos a casa, en diez o quince minutos volvía a ser él. Si íbamos al parque con niños del colegio o a un cumpleaños, podían pasar dos horas y seguía apagado, y volvía a encenderse en la calle de vuelta. Lo único que se repetía en esos sitios era la gente. Los rasgos de carácter viajan contigo; aquello se encendía y se apagaba en la puerta.
¿Qué siente un niño que no puede hablar?
Esto no te lo puedo contar desde dentro, porque no lo viví yo. Te cuento lo que veía en el cuerpo de mi hijo. Un niño tímido está incómodo, como tú cuando entras solo en una fiesta donde no conoces a nadie: es desagradable y se te pasa en un rato. Gael no estaba incómodo. Bajaba la cabeza, se ponía rígido, apretaba los puños, se escondía detrás de mi pierna. Aquello no tenía cara de vergüenza; tenía cara de miedo.
La guía del Child Mind Institute lo dice con unas palabras que a mí me habría gustado leer mucho antes: un niño con mutismo selectivo no puede hablar, no es que se esté negando a hacerlo, y lo describe como una ansiedad extrema que le impide hablar incluso cuando quiere.
¿Qué pasa si se confunde con timidez?
Te voy a confesar algo: yo también lo dije. En el portal, en la cola del súper, en la puerta del colegio. Una señora encantadora se agachaba, le preguntaba algo a Gael, él se apagaba, y yo tenía dos segundos para decidir. Explicarle a una desconocida lo que le pasaba a mi hijo durante veinte minutos, con él delante oyéndolo todo, o sonreír y decir «es que es un poco tímido» y marcharnos. Elegía lo segundo, siempre, para sacarlo de allí. Lo que tardé en ver es que él estaba escuchando a su padre decir lo que él era.
Con las maestras y con la familia nunca usamos esa palabra; ahí insistíamos en que aquello no era normal. Pero la palabra estaba en boca de todos los demás, y hacía algo muy concreto: tranquilizaba. Si es timidez, es su carácter, y si es su carácter, no hay nada que hacer más que esperar. Y esperar era justo lo que a Gael no le venía bien. El primer nombre que le pusieron a lo que le pasaba fue a los dos años y medio, y el que de verdad lo explicaba llegó a los cinco. Casi tres años en los que el hueco estaba ocupado por una palabra amable.
El día que por fin alguien dijo «mutismo selectivo», dejé de decir que era tímido. No porque me hubiera vuelto valiente, sino porque por fin tenía algo que decir.
¿Qué hago si creo que no es timidez?
Lo que yo haría hoy es coger un papel y apuntar cuánto tiempo lleva tu hijo con su maestra y cuántas palabras le ha dicho. Si la respuesta es «meses» y «ninguna», no has averiguado qué le pasa, eso le toca a un profesional, pero sí has descartado la timidez, y eso te lo puedes llevar a la consulta. En cuándo pedir ayuda profesional te cuento cómo lo vivimos nosotros, y en la página sobre el mutismo selectivo explicado por un padre está lo que fuimos entendiendo después. Esto no sustituye a ninguna evaluación profesional.
Me acuerdo de la noche en que hice aquella cuenta de las mañanas. Me fui a dormir con miedo, pero también con una sensación nueva: por primera vez sabía qué preguntar. Si estás ahí ahora, el capítulo «No es timidez» del primer libro, «Entender», está escrito para ti, y puedes descargarlo gratis. A nosotros saber lo que no era nos abrió la puerta a saber lo que sí.