Mi hijo no habla en el colegio pero en casa no para: lo que nos pasó
Juan Carlos Pell · padre, no sanitario
Si tu hijo habla sin parar en casa y en el colegio se queda callado durante meses, siempre con las mismas personas, merece la pena consultarlo con un profesional: a mi hijo Gael le pasaba exactamente eso, y tardamos años en saber que aquello tenía un nombre, mutismo selectivo, y que ese nombre lo pone alguien que sabe.
Yo no soy psicólogo ni médico. Soy el padre de Gael, y lo que te cuento aquí es lo que vivimos en casa Luciana, su madre, y yo. No sirve para saber qué le pasa a tu hijo. Sirve para que no te pase lo que nos pasó a nosotros, que tardamos demasiado en dejar de esperar.
¿Por qué mi hijo habla en casa pero no en el colegio?
En casa, Gael no se callaba nunca. Se despertaba hablando, todavía medio dormido, retomando la historia de sus personajes justo donde la había dejado la noche anterior. Desayunaba hablando, se vestía hablando, discutía conmigo cinco minutos más de dibujos con una lógica que me dejaba sin argumentos. Era un terremoto de palabras, y había días en que yo, reventado de trabajar, le pedía por favor un ratito de silencio.
Y ese mismo niño pasaba seis horas al día en el colegio sin decir una sola palabra. Ni para pedir un juguete, ni para contestar a su nombre. Yo no entendía cómo podían ser el mismo niño, y durante mucho tiempo me consolaba con lo que me decía la gente: que era tímido, que ya se soltaría. Pero la timidez no se enciende y se apaga en dos minutos, y a Gael le pasaba eso. Una tarde hablaba a gritos con su abuela por videollamada, colgábamos, bajábamos a por pan, y en el portal la portera, que lo conocía desde bebé, le decía hola. Él se escondía detrás de mi pierna y se quedaba mudo, rígido, con los ojos en el suelo. Dos minutos separaban al niño que cantaba del niño que no podía decir hola.
Lo que yo veía, con los años lo entendí como una alarma que se le disparaba ante ciertas personas y ciertos sitios, y que le apagaba la voz sin preguntarle. Esa es mi manera de padre de explicármelo, no una explicación médica. La médica la tienes, por ejemplo, en el servicio de salud británico, que dice que el mutismo selectivo está asociado a la ansiedad y que afecta a uno de cada 140 niños pequeños. Y en la guía para padres del Child Mind Institute se lee que las familias suelen notar las primeras señales cuando el niño tiene tres o cuatro años.
¿Lo hace a propósito?
Esa era la pregunta que flotaba a nuestro alrededor, aunque casi nadie la hacía en voz alta. Lo que sí me decían, una y otra vez, era «ya hablará», «es cuestión de tiempo». Y debajo de esas frases amables había una idea que yo tardé años en ver: que el niño podía hablar si quisiera.
Gael no ganaba nada callándose. Se quedaba sin elegir el sabor del helado, sin poder decir que le dolía algo, sin que lo invitaran a jugar. Cuando alguien le insistía, se bloqueaba más, no menos, y eso no pasa con nada que dependa de las ganas. El servicio de salud británico lo dice de forma muy clara: una persona con mutismo selectivo no se niega a hablar ni elige no hacerlo, sino que literalmente no puede. Cuando lo leí por primera vez, me quité un peso que llevaba años cargando sin saberlo.
¿Es normal que no hable ni para pedir ir al baño?
La primera frase que nos dijo una maestra sobre Gael fue esa: que no hablaba ni siquiera para pedir ir al baño. Se me clavó y no se movió en todo el día. Mi hijo era capaz de aguantarse horas antes que pronunciar una palabra delante de los demás.
No te voy a decir si eso es normal o no, porque no me toca. Te digo lo que yo tardé en entender: un niño que no puede pedir ayuda en el colegio está desprotegido muchas horas al día, y eso merece que alguien que sepa lo mire pronto. A nosotros nos habría ahorrado mucho sufrimiento que alguien nos lo dijera así al principio.
También tardé en ver otra cosa. Gael tenía maestras que le duraban el curso entero, la misma persona cada mañana durante nueve meses, y no le dijo ninguna palabra. Un niño tímido acaba soltándose con quien ve cada día. Con Gael el tiempo no lo arreglaba; con el tiempo, aquello se hacía más fuerte.
¿Qué hicimos nosotros cuando nos dimos cuenta?
Lo primero que hicimos, sin saber que era importante, fue mirar. Yo empecé a fijarme en cuándo se le apagaba la voz y cuándo volvía. Gael salía del colegio a las cuatro y media, y si nos íbamos a casa, a los diez o quince minutos ya era otra vez él, hablando como siempre. Pero si íbamos al parque con niños del colegio, o a un cumpleaños, seguía bloqueado hasta que nos marchábamos. Con sus primos hablaba siempre, con sus abuelos también, y aun así había veces en que, si entraba la persona equivocada, se callaba hasta con los primos. No dependía del sitio. Dependía de quién había delante.
Apuntar todo eso no lo arregló, pero nos sirvió para algo que entonces no sabíamos que importaba: llegar a cada consulta con hechos y no con impresiones. Y lo segundo que hicimos, tarde, fue dejar de decir «es tímido». Yo lo decía en el portal para sacar a mi hijo de un momento difícil, y lo volvería a hacer; pero Gael estaba delante, oyendo cómo su padre le decía a una señora lo que él era.
¿Cuándo hay que pedir ayuda?
Yo te diría que en cuanto notes que pasan los meses y tu hijo sigue sin hablar con las mismas personas, o que no puede pedir ayuda en el colegio. A Gael le pusimos la primera palabra a los dos años y medio, y la correcta no llegó hasta los cinco. Fueron casi tres años con una explicación que no encajaba, y en ese tiempo el silencio se hacía cada vez más suyo.
Lo que puedes hacer en casa mientras tanto es acompañarlo, no sustituir a nadie. He escrito una página entera sobre cuándo pedir ayuda profesional, y otra donde explico qué es el mutismo selectivo contado por un padre. Esto que lees no sustituye a una evaluación profesional ni la retrasa: úsalo para llegar a la consulta sabiendo qué preguntar.
Me acuerdo de aquella tarde del portal como del día en que dejé de creerme lo de la timidez. Todo lo que vino después, los años de no entender y el día en que por fin le pusieron nombre, lo cuento entero en el primer libro, «Entender», que puedes descargar gratis. Lo escribí para el padre o la madre que está ahora mismo donde yo estaba entonces, mirando a un niño que en casa no para y en el colegio no dice nada, y preguntándose qué está haciendo mal. Seguramente nada. Y no estás solo.