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Blog · contado por un padre

Juegos que nos ayudaron en casa (sin presionar para que hable)

Juan Carlos Pell · padre, no sanitario

Los juegos que más nos ayudaron con nuestro hijo Gael fueron los que no le pedían hablar: cuentos inventados por la noche, conversaciones sobre su videojuego favorito antes de llegar al colegio, mensajes con emojis y vídeos grabados en su cuarto. Funcionaban porque bajaban su tensión, no porque buscaran palabras, y siempre como complemento del profesional.

Antes de seguir, una advertencia que no es de trámite. Soy el padre de Gael, no un profesional sanitario. Lo que te cuento es lo que hicimos en nuestra casa, con nuestro hijo, y no una pauta para el tuyo. Si tu hijo está con un especialista, yo te pediría que se lo enseñes antes de probar nada.

¿Hay juegos que ayuden a un niño con mutismo selectivo?

Yo tardé mucho en entender qué es lo que ayudaba de un juego. Durante años lo intentaba al revés: buscaba juegos en los que Gael tuviera que decir algo, porque pensaba que, si se lo pasaba bien, se le escaparía la voz. No se le escapaba. Se tensaba, notaba que yo estaba esperando su palabra, y el juego dejaba de ser un juego.

Lo que de verdad me ayudó a mí, y a él, fue lo contrario: ratos en los que nadie esperaba nada de él. El servicio de salud británico lo recoge en sus consejos para padres, donde pide no presionar ni sobornar al niño para que hable y tranquilizarlo diciéndole que comunicarse sin palabras, sonriendo o saludando con la mano, también está bien. Y la guía para padres del Child Mind Institute es tajante: nunca se debería obligar a hablar a un niño con mutismo selectivo.

¿Cómo jugar con mi hijo sin presionarle para que hable?

El juego que más me enseñó no parecía un juego. A Gael le contaba un cuento cada noche desde que era un bebé. Primero se los leía, y con el tiempo empecé a inventármelos, a improvisarlos según le veía la cara: si algo le enganchaba, lo alargaba; si pedía un poco de aventura, se la daba y luego la resolvía para que se durmiera en paz. Lo hice durante años sin darme cuenta de lo que pasaba en ese rato.

Un día me fijé de verdad. El mismo niño que se cerraba en la puerta del colegio, en el cuento se soltaba entero: los hombros sueltos, las manos quietas, una sonrisa que le llegaba a los ojos. Y entendí que no era solo el cuento. Era cómo estaba yo mientras se lo contaba. En ese rato no le pedía nada, no estaba frustrado ni buscando soluciones; estaba tranquilo, jugando con él. Y él me copiaba ese estado hasta el último rincón del cuerpo.

Si de este artículo te llevas una sola idea, que sea esa: el juego que ayuda es el que juegas tú tranquilo y sin esperar nada a cambio. A lo que a él le guste, no a lo que te parezca útil a ti, y con ganas de verdad, no con la cabeza en otra parte.

¿Qué juegos hacíamos antes de ir al colegio?

Hubo un juego que nació de apuntar en un cuaderno dónde se le apagaba la voz. Gael venía hablando tranquilo camino del colegio y, más o menos a una calle y media de la puerta, se tensaba: se callaba, miraba al suelo, apretaba los puños. Siempre en el mismo punto. Así que empezamos a hacer algo muy simple. Dos calles antes, justo antes de su tramo malo, nos poníamos a hablar de lo que le apasionara esa semana: un videojuego, una película, un juego de mesa. Le dábamos cuerda hasta que se emocionaba de verdad.

Muchas veces ni se daba cuenta de que habíamos llegado. Al ver el portón se quedaba mudo igual, eso no desapareció por arte de magia. Pero llegaba con la alarma mucho más baja, y eso cambiaba toda la mañana.

¿Se puede jugar a comunicarse sin hablar?

Sí, y para nosotros fue el puente. Gael grababa vídeos para los suyos con una soltura que a quien lo hubiera visto callado en el patio le habría parecido otro niño: contaba cosas de sus videojuegos, enseñaba trucos de magia. Para él aquello era jugar. Lo que le costaba no era la cámara, sino quién iba a ver el vídeo.

Y hubo una tarde que todavía me emociona. Gael quería mandarle un mensaje a uno de sus mejores amigos, un niño al que quería de verdad y al que nunca le había dicho una palabra. Ni siquiera hacían falta letras: bastaba con unas caritas, unos emojis. Luciana había hablado antes con algunas madres para que, si llegaba algo de Gael, sus hijos contestaran con naturalidad. Gael se encerraba en su cuarto, solo, porque no quería que nadie lo viera intentarlo, y durante dos o tres días no fue capaz de darle a enviar. Salía llorando de impotencia. Cada vez le decíamos lo mismo: que no importaba, que lo había intentado y que estábamos orgullosos, y que mañana volvíamos. Hasta que un día salió de la habitación con una sonrisa enorme y el móvil en la mano. El mensaje estaba enviado, y su amigo le había contestado con otros emojis.

Sé que esto, más que un juego, era un reto, y que elegir el tamaño de cada reto tiene su ciencia; lo explico paso a paso en «El método» y en «Aplicación». Lo que quiero que veas aquí es el tono: comunicarse, para Gael, empezó a saber a juego y a alegría en lugar de a examen.

¿Qué hago si un día se le escapa una palabra jugando?

Nada. O casi nada. Este es el consejo que más me costó cumplir. Cuando ves a tu hijo conseguir algo que llevas meses esperando, te salen ganas de abrazarlo, de gritarlo, de llamar a media familia. Y para un niño al que la atención le pesa, eso es otra forma de ponerle un foco encima. Nosotros aprendimos a celebrar por dentro a lo grande y por fuera a su tamaño: una sonrisa, un «muy bien», y dejar que él marcara cuánto duraba el momento. El servicio de salud británico va en la misma línea cuando aconseja no felicitar al niño en público por hablar, porque puede darle vergüenza.

Y cuando la cosa se ponía difícil, el juego más útil era respirar. Si a Gael le subía la ansiedad, pedirle que respirara hondo no servía de nada. Lo que nos funcionó fue respirar nosotros a su lado, despacio y de manera que se oyera, sin decirle nada, y dejar que su cuerpo copiara el nuestro. A mí me costó aprender esa respiración en mi propio cuerpo antes de poder prestársela, y no te lo digo como experto: te lo digo porque, hasta que no la tuve yo, no me sirvió de nada pedírsela a él.

Lo que me llevo de aquellas tardes

Ningún juego cambió a Gael de un día para otro, y no te voy a prometer que vaya a cambiar a tu hijo. Lo que cambiaron fue el clima de casa, y nos dieron algo que yo llevaba años sin ver: ratos en los que mi hijo era él mismo del todo. Si quieres entender por qué el clima de casa pesa tanto, empieza por la página sobre el mutismo selectivo contado por un padre. Y si tienes dudas sobre si tu hijo necesita que lo vea alguien, lee cuándo pedir ayuda profesional: nada de esto sustituye a esa ayuda, solo la acompaña.

Esta noche, si puedes, siéntate con él en lo suyo y no le pidas nada. A mí, uno de esos ratos, con la luz apagada y un cuento a medio inventar, me enseñó más que años de buscar soluciones.

NOTA
Esto no sustituye a una evaluación profesional. Si te preocupa tu hijo, habla con su pediatra o con un psicólogo infantil. Cuándo pedir ayuda

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