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Blog · contado por un padre

Cuando bajé mi ansiedad, todo cambió en casa

Juan Carlos Pell · padre, no sanitario

Mi ansiedad de padre no causó el silencio de mi hijo Gael, pero sí pesaba en casa: cuando yo estaba tenso y frustrado, él se cerraba y se alejaba de mí; cuando estaba tranquilo, se abría. Aprender a bajar mi propia alarma, sin fingir, fue de lo que más cambió el clima de casa mientras seguíamos con los profesionales.

Te lo cuento como padre que lo vivió, no como experto. No soy psicólogo, y esto no es una pauta para nadie. Es lo que me pasó a mí, y lo escribo porque durante años nadie me dijo que mirarme a mí también contaba.

¿Mi ansiedad afecta a mi hijo?

Yo no lo sé en general, y no soy quién para decirlo. Sé lo que vi en mi casa. Cuando por fin decidí dejar de esperar a que alguien nos diera la solución y me puse a buscarla yo, empecé a probar cosas, a leer, a intentarlo de mil maneras. Muchas no funcionaban a la primera, y cada vez que algo no salía me frustraba un poco más. No era una frustración con Gael. Era conmigo, con mi torpeza para dar con la tecla. Pero a un niño pequeño no le llega el motivo; le llega el estado.

Y Gael lo notaba todo. No hacía falta que yo dijera nada: lo notaba en el gesto tenso, en la prisa, en el suspiro, en cómo entraba por la puerta. Cuanto más frustrado estaba yo, más se cerraba él. No me tenía miedo. Hacía algo más sutil y más triste: se alejaba, se iba acercando a Luciana, que en esos ratos tenía una calma que a mí me costaba encontrar. Ella también sufría, también tenía sus noches; solo que cada uno llevaba el mismo dolor a su manera. Y mi hijo, que no juzgaba nada y solo sentía, buscaba el rincón más tranquilo de la casa.

Me dolió verlo. Uno quiere ser el refugio, no el sitio del que el niño se aparta un poco. Pero con el tiempo aquello dejó de ser una herida y se convirtió en una pista: me estaba diciendo qué temperatura necesitaba mi hijo.

¿Cómo me di cuenta de que yo también estaba en guardia?

Tardé años, porque estaba demasiado ocupado mirándolo a él. Vivía de guardia. Cada mañana en la puerta del colegio era un examen, y cada cumpleaños, y cada vez que un adulto se agachaba a preguntarle cómo se llamaba. Y entre examen y examen buscaba: de noche, cuando la casa quedaba en silencio, abría el ordenador y leía foros y artículos a las tres de la mañana. Me acostaba con la cabeza encendida y me levantaba igual.

Estaba tan pendiente de su alarma que no oía la mía. Y un niño con la alarma muy sensible, yo lo veía así, nos usa a los padres como medidor: si papá está tenso, por algo será. Sin darme cuenta, con toda la buena intención del mundo, le estaba pasando lecturas de peligro.

Hubo otra cosa que tardé en ver. Muchas veces, para ahorrarle el mal trago, hablaba yo por él. Contestaba antes de que nadie esperara su respuesta. Lo hacía por amor, para sacarlo de allí. La guía para padres del Child Mind Institute describe justo eso, contestar por el niño para bajarle la ansiedad, como un patrón de «rescate» que refuerza la probabilidad de que siga en silencio. Cuando lo leí me reconocí entero.

¿Qué cambió cuando me cuidé yo?

La prueba la tenía delante cada noche y no la había sabido leer. A Gael le contaba un cuento inventado cada noche desde que era un bebé, y en ese rato era otro niño: los hombros sueltos, una sonrisa que le llegaba a los ojos, entregado del todo. Un día me pregunté qué tenía ese rato que no tuvieran los demás. Y la respuesta no era el cuento. Era cómo estaba yo. En ese rato no le pedía nada, no estaba buscando soluciones; estaba tranquilo, jugando con él. Y él me copiaba.

Ahí entendí algo que me cambió la manera de estar en casa: si el miedo se le contagiaba, la calma también. Y eso no iba de ponerme una careta. Una sonrisa apretada encima de una mandíbula tensa no engaña a un niño que lee el cuerpo antes que las palabras. Iba de trabajármelo de verdad, por dentro.

Lo que más me ayudó fue algo que traía de antes, de los años de artes marciales: la respiración baja, la del vientre. Tomar el aire despacio por la nariz llevándolo a la barriga, aguantar un poco y soltarlo despacio por la boca. Y aprendí algo que luego escribí en el segundo libro: antes de enseñársela a un niño, hay que tenerla aprendida en el propio cuerpo. Y después descubrí que, cuando Gael estaba desbordado y no podía seguir ninguna instrucción, no servía de nada pedirle que respirara; lo que nos funcionó fue respirar yo a su lado, despacio, sin decirle nada, y dejar que su cuerpo copiara el mío.

Y cambió cómo le hablaba cuando algo no salía. La primera vez que Gael intentó mandarle un mensaje a un amigo y no pudo, salió de su cuarto llorando de impotencia. Le dije lo que le decíamos siempre: que no importaba, que lo había intentado y estaba orgulloso, que mañana volvíamos. Pero por dentro me hervía la prisa, y él, que huele lo que sientes, habría oído la decepción si yo no me hubiera creído de verdad lo que le decía. Tuve que llegar a creerme, hasta el fondo, que intentarlo ya era ganar. Solo cuando me lo creí yo, se lo pude transmitir a él.

¿Entonces es culpa mía?

No. Y te lo digo porque yo también me lo pregunté. Lo que te cuento no es para cargarte otra culpa: es la mejor noticia que encontré en todo aquel camino. Si tu hijo copia tu tensión, también copia tu calma. Dejas de ser un espectador que mira sufrir a su hijo desde la butaca y pasas a tener algo en la mano.

Cuidarme no era quitarle tiempo a Gael. Era cuidarlo a él. Y si tu ansiedad te desborda, pedir ayuda para ti también es cuidar de tu hijo.

¿Por dónde empiezo hoy?

Yo empezaría por mirar, sin forzar nada. Seguro que tu hijo tiene algún rato del día en el que se abre y vuelve a ser él. Fíjate en cómo estás tú en ese rato. Si quieres entender de dónde sale todo esto, la página sobre el mutismo selectivo explicado por un padre es un buen punto de partida, y en cuándo pedir ayuda profesional te cuento lo que nosotros no supimos a tiempo. Nada de esto sustituye al profesional que acompañe a tu hijo.

Toda esta parte, la del peso que cargas, la culpa y el espejo, la cuento con calma en el primer libro, «Entender», que puedes descargar gratis.

Todavía hoy, cada noche, Gael me dice que ya está listo para el cuento. Y yo se lo cuento. Es el rato en el que aprendí que la calma que necesitaba mi hijo tenía que empezar por mí.

NOTA
Esto no sustituye a una evaluación profesional. Si te preocupa tu hijo, habla con su pediatra o con un psicólogo infantil. Cuándo pedir ayuda

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